Sobrecarga emocional

Sientes que vas todo el día acelerado, las tareas pendientes se acumulan a tu alrededor y tú no llegas… Las actividades se solapan una con otra, trabajo, encuentros sociales, familia, pareja, ejercicio físico, técnicas de relajación. Es un parar, haciendo lo que se supone es adecuado, digno y saludable,  pero te miras al espejo y no te “ves” tranquilo, feliz ni satisfecho.

Suena el reloj, por la mañana ¡otro día, ya es la hora, no…! Deseando  esconderte debajo de las sabanas y que  el mundo siga rodando, pero entonces empiezas a autoconvencerte, “venga ponte las pilas”, “hay que hacer esto, lo otro…” Y el día, va transcurriendo, mientras  cada vez estás más cansado, apático y con menos ilusión. Esperando que llegue la noche y poder descansar, te metes a la cama y… el sueño reparador ha cedido el lugar a un continuo  bombardeo de pensamientos y sensaciones, aderezado con la rabia de no poder dormir y la certeza de que mañana, te vas a sentir como un trapo…

Tal vez este insomnio, sea beneficioso, para hacer un alto en el camino y  replantearme qué estoy haciendo con mi vida, por qué tengo que llevar esta pesada mochila, que ni siquiera soy consciente de lo qué contiene. Siendo valiente para echar un vistazo, si digo valiente, porque puede llegar a impresionarnos como nos hemos perdido a nosotros mismos, nuestra esencia, ilusiones, lo que nos hacia reír, estar a gusto solos o con alguien al que queremos, el disfrutar de las pequeñas cosas.

Al mirar, quizás nos cueste reconocernos, difuminados por decepciones, frustraciones, compromisos asfixiantes, perfección desmedida, sobreexisgencia, querer llegar a todo, complacer a los demás, retos desalentadores, “chupocteros emocionales”, sueños rotos y vacio, mucho vacio. Y llegados a este punto hay dos opciones, cerramos la mochila horrorizados, negamos lo que ocurre y seguimos un poco más muertos cada día o afrontamos la tristeza, el dolor y todo lo que conlleva un cambio, para sentir que nosotros pasamos por la vida y no la vida por nosotros.