Los niños de hoy, victimas de nuestra sociedad

Vivimos en un momento sociocultural, en el que irremisiblemente estamos convocados y  abrumados por las férreas exigencias de  los valores vigentes, lo  light, la eterna juventud, lo rápido (todo para ayer), eso sí, de manera eficiente. Y por si fuera poca la presión, resguardados por el falso amparo del positivismo, siempre hay que sacarle el lado bueno a las cosas y lucir nuestra mejor sonrisa.

En tal escenario cabe preguntarse: ¿Dónde queda espacio para los duelos inherentes de la vida, pararnos y poder dedicar tiempo a  las necesarias elaboraciones  de todas las pérdidas que vamos atravesando? ¿Se puede escuchar el sufrimiento y las emociones que no son “políticamente correctas”, tales como la tristeza, la angustia, la frustración, el cansancio, etc.? ¿Podemos darles un lugar de contención y dedicación a los niños,  o directamente, los convertimos en victimas de nuestra sociedad?

Es la era de lo @inter, todos y todas estamos interconectados desde que nos suena la alarma y abrimos los ojos, rápidamente hay que echar una mirada a las redes sociales, al WhatsApp, etc. No nos vayamos a perder algo, o quizás, debería decir, no vayamos a perder(nos) sin el continuo e incesante murmullo de otros personas, que nos suenan cerca, pero están lejos. En ningún otro tiempo, habíamos estado tan “en red”, interpresentes  e intercomunicados, y sin embargo, nunca nos habíamos sentido tan solos y vacíos.

Estamos en la época del neoliberalismo, del “todo se puede lograr, sólo tienes que esforzarte”, creando unas expectativas desmesuradas, produciendo culpa para quien no puede y autodescalificación para quien lo intenta, y no lo consigue, ¡por mucho que  se esfuerce! Tenemos marcados en la brújula social, el destino, pero no la hoja de ruta. Solo importa la meta, es decir, el éxito. El resto, la línea de salida de cada uno, los particulares obstáculos, apoyos, potencialidades no cuentan, lo único significativo es si conseguiste el objetivo, y a ser posible, sin despeinarte.

Éste es el mundo convulso,  hiperexigente y con poco sostén emocional que vivimos los adultos, pero también los niños. Esperamos que sean pseudoadultos, a imagen y semejanza de nuestros deseos, frustraciones y en el peor de los casos, de nuestros ideales rotos. Completamos su vida con multitud de actividades extraescolares, como si la jornada escolar no fuese tiempo suficiente de esfuerzo. Convencidos que desde pequeñitos tienen que ser super eficaces y cuantas más cosas hagan mucho mejor, pensando en lo conveniente para ellos, pero sin pensar en absoluto en ellos.

No es casual que cada vez oigamos con más frecuencia en consulta, frases del tipo: “¿Cómo no van a aprender un idioma e informática, si es el futuro y de pequeñitos son esponjas?” y al hilo te siguen contando: “También lo llevamos a natación, ya sabes si aprenden ahora es mucho más fácil, que no le pase como a mí. Total si hay tiempo para todo” Y una, al otro lado de la mesa comienza a notar cierto agobio, posiblemente algo parecido a lo que sentirá el niño, porque hablan de un sin parar de actividades organizadas, desde el punto de mañana hasta la hora de la cena. Y al  preguntar, cuándo tiene tiempo el niño de descansar y de jugar a lo que a él le apetezca, se quedan atónitos sin saber de qué les estás hablando. O en otras ocasiones, te comentan con una actitud formal, como les permiten ratos para estar con  las pantallas. Sin acompañarles, mientras ellos hacen otras cosas y los niños siguen solos, eso sí,  silenciosos.

Al leer esta viñeta puede parecer entre cómica y exagerada, pero no lo es, lamentablemente. En la actualidad, no les permitimos a nuestros hijos vivir acorde con su edad ni con su deseo,  les imponemos mil actividades, porque nos aterroriza que no sean en un futuro productivos, eficientes y exitosos. Olvidándonos del presente y de sus necesidades. Un niño  necesita unos padres que les sostengan emocionalmente, para ello tienen que acompañarles e ir encontrando el equilibrio entre el afecto,  la presencia y los límites con coherencia.

Para ello, se tendrá que ir construyendo la función de padres, poco a poco, habrá que ir haciendo camino con ellos. Porque los padres no somos padres hasta que no tenemos hijos, y con cada uno, seremos un padre distinto. Es muy importante, permitirles ser niños, jugar, probar, moverse, enfadarse, estar triste, etc. Acompañarles en lo que van sintiendo, ayudarles a poner palabras a lo que les sucede, para que ellos puedan ir construyendo su propio relato y así,  ir comprendiéndose. A la par, que les iremos ayudando a   ir integrando  los límites inherentes de la vida,  de que todo no se puede tener, y mucho menos a la carta,  en el momento justo que deseamos.   Nuestro ejemplo y nuestra coherencia, serán fundamentales para irles  mostrando que hay   cosas a las que uno tiene que renunciar, desde bien pequeñito, ayudándolos a elaborar la tolerancia a la frustración.

¡Complicado! Cuando en nuestra sociedad, lo vigente es justo lo opuesto y nosotros como adultos, desde las distintas instituciones familiares, educativas, sanitarias les “pedimos” cuestiones contradictorias, a lo que se respira en la atmosfera en la que viven día a día. Convirtiéndoles no sólo en víctimas, sino que  les  sancionamos  por ello, sin ser consciente de nuestro doble discurso moral.

Obligándoles a dictamines sociales caducos como el sistema educativo. Sin entender, que el acceso masivo que tienen en la actualidad a las nuevas tecnologías, contribuye a la decadencia del modo clásico de aprender y enseñar. Ya que se han producido nuevos modalidades de atender y comportarse, tales como la atención a lo visual, en que son bombardeados por un mundo de estímulos “multicolor” y fascinante, esperando ingenuamente,  que luego atiendan a una clase magistral. Costándonos entender que ellos ya no perciben de manera secuencial, sino de un modo conectivo y paradojal

Pero el periplo que en multitud de ocasiones tienen que  bregar,  no queda ahí. Cuando de algún modo muestran ciertas dificultades psíquicas o los adultos creen que no actúan de manera correcta según lo establecido, se les lleva a un profesional de la salud mental, Donde la mayoría de la veces será etiquetado, probablemente medicado, pero su subjetividad no será escuchada. No se le proveerá de un espacio y un tiempo para mostrar con su “idioma” (que no es el de los adultos)  lo que siente, lo que le da miedo, sus ilusiones, sus inseguridades, sus dificultades para afrontar determinadas situaciones, su desorientación, su querer complacer a los adultos que tanto significan para él, pero no poder lograrlo.

Todo este despliegue de su mundo psíquico, sólo será posible, con alguien que le transmita confianza, que le permita ser él mismo y que  le dé tiempo para poder mostrarse. ¿Y cómo lo hará, cómo va a explicarse,  si ellos no saben lo que les pasa? Ésta es una de las muchas preguntas “fantásticas” que a veces los adultos nos hacemos, sin entender que los niños no se expresan con discursos estructurados como los mayores.  Ellos transmiten con sus juegos, su mundo psíquico. Escenificándolo y recreándolo, con los juguetes que tienen a su disposición, con los entramados que nos piden que intervengamos junto a ellos,  haciéndonos protagonistas con roles determinados,   con los dibujos y a veces, también con palabras, con sus historias, que si logramos ponernos en su piel, ¡seguro que tienen sentido!

Estos chicos son los más sanos, otros no hablan, no miran, no se relacionan, no juegan,  presos  en sus bunkers.  Algunos combaten la vida  golpeándose, sin más herramientas simbólicas para metabolizar lo que les va sucediendo.  Y  por último, los que no pudieron soportar lo que les deparó la vida, y tuvieron que reconstituirse psíquicamente,  después de romperse en  un quiebre psicótico,  viviendo en su mundo particular de alucinaciones y delirios.

Quiero invitar a la reflexión de nuestra forma de entender y situarnos en la vida,  la cual  les imponemos a los niños.  Replanteárnoslo tanto individualmente,  como desde el ámbito más amplio en que cada uno nos movemos, hasta el espectro total social. Claro,  que son cosas de niños (como a veces nos escuchamos en nuestros consultorios),  haciendo un intento de negación de lo que les sucede  y de la propia herida narcisista como padres, profesores, sanitarios que nos produce,  que cada vez sean atendidos más niños graves en consulta.

Son cosas de niños, en definitiva, cosas muy serias, que vivimos en el momento actual,  tal como  el sufrimiento y la soledad que les imponemos, si alguien no les escucha. Pero tampoco  olvidemos y ampliemos nuestra mirada miope, un poco más allá, para darnos cuenta: ¡Qué nuestros niños, son los adultos del mañana!

 

* Estas elaboraciones respecto al lugar/no lugar  que conferimos a los niños y  su sufrimiento  en nuestras sociedad, vienen siendo realizadas en distintas presentaciones que se han efectuado por un grupo de trabajo, adscrito a la Asociación Aragonesa para la Investigación Psíquica del Niño y del Adolescente (AAPIPNA). Para más información:

 

Enlaces relacionados:

Forum infancias
Unicef. Derechos de los niños.